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Publicado por Activado Abr 16, 2017 en Blog, Destacado

¡Cristo ha resucitado!  PASCUA 2017

¡Cristo ha resucitado! PASCUA 2017

Saludo de Monseñor Carlos Sánchez

Queridos hermanos y hermanas catequistas, ¡Cristo ha resucitado!

Me llegó a lo más hondo del alma el saludo de una catequista ESPAC que el día de Pascua, en vez de decirme buenos días, como es su costumbre hacerlo, me dijo entusiasmada: ¡Cristo ha resucitado! Y me dio un fuerte abrazo. Es este el “buenos días” que se dan los católicos en su región, no solo como signo de cortesía sino como expresión de su gozo pascual de discípulos de Jesucristo. También yo los saludo a ustedes diciendo: ¡Queridos catequistas, “¡Cristo ha resucitado, Aleluya!”. Pero fíjense bien por qué lo digo:

En su Primera Carta el Apóstol San Pedro nos insiste: “Vivan en armonía los unos con los otros; compartan penas y alegrías, practiquen el amor fraterno, sean compasivos y humildes unos con otros. No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien, bendigan, porque fueron llamados para heredar una bendición. En efecto, el que quiera gozar de días felices, que refrene su lengua de hablar el mal y sus labios de proferir engaños; que busque la paz y la siga. Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra los que hacen el mal”. (1 Pedro 3,8-17).

Esta frase tiene un significado muy profundo para nuestras catequesis y muy propio dentro de nuestro contexto histórico nacional. Es necesario leerla una y otra vez para entenderla en todo su significado. Después de leerla, meditarla y orarla, será posible lograr la paz que Cristo comunicó a sus discípulos al salir glorioso del sepulcro. Pero preguntémonos: ¿Cuál es el secreto de este texto? Es esta la pregunta que surge espontáneamente de su lectura.

Fijémonos que este texto tiene sus raíces profundamente hundidas en el corazón del misterio pascual que estamos celebrando. El nos permite percibir toda la claridad y experimentar la alegría que surgen al celebrar la Resurrección de Jesucristo, unidos en un solo corazón de catequistas. ¡Cristo resucito!, y desde la Vigilia Pascual hasta hoy no hemos dejado de repetir al saludarnos como hermanos: “¡Cristo ha resucitado, Aleluya!”.

Cristo resucitado, el mismo que vio María Magdalena en la mañana de la resurrección, los discípulos de Emaús el mismo día por la tarde, los apóstoles en repetidas ocasiones, está hoy vivo aquí en medio de nosotros y habita en las personas con quienes nos encontremos en la cas, en el camino, en el trabajo. Fíjese usted en la persona con quien, a caso se encuentre después de leer mi saludo, fíjese que en él o en ella habita el espíritu de Cristo resucitado. Si tenemos fe, nuestro encuentro con esas personas es una nueva aparición del Resucitado. En esas personas el Señor estableció su morada el día del Bautismo y, desde allí, continúa llenándonos de su amor y de los dones de su Espíritu.

Por lo mismo, el Apóstol nos exhorta a dar razones de la esperanza que nos mueve a actuar. La esperanza no es un concepto, no es un sentimiento, no es un teléfono celular, no es el sueldo por el cual trabaja cada uno: ¡no! Nuestra esperanza es una Persona, es Jesucristo Vivo a quien reconocemos presente en nosotros y en nuestros hermanos.

Viendo así a quienes nos rodean comprendemos por qué, al hablar de esperanza, no hablo teorías sino de testimonio de vida tanto dentro como fuera de la comunidad cristiana. Si creemos que Cristo está vivo y que habita en nosotros, debemos dejarlo que se haga visible y que actúe en nosotros.

Esto exige que el Resucitado sea cada día más nuestro modelo: modelo de vida del cual aprendemos a comportarnos, a hacer lo mismo que él hacia, a pensar como él pensaba, a amar como él amaba.

La esperanza y el amor que la inspira, no pueden permanecer escondidos dentro de nosotros porque serían una esperanza y un amor carentes de la valentía para manifestarse. Nuestra esperanza debe difundirse fuera tomando la forma de la dulzura, del respeto, de la benevolencia hacia el prójimo, llegando incluso a perdonar a quien nos hace mal.

La persona que no tiene esperanza, no logra perdonar, ni dar el consuelo del perdón, ni experimentar la dicha de ser perdonada. Así lo enseña Jesús y así lo continúa haciendo por medio de quienes le dan espacio al Resucitado en sus corazones y en sus vidas. Sabemos que el mal no se vence con el mal, sino con la humildad, la mansedumbre y la misericordia.

Los corruptos, aquellos que tanto abundan entre nosotros, los que nada saben de ver a Cristo en los hermanos, actúan pensando que el mal se debe vencer con el mal; por eso, realizan la venganza y hacen el mal que padece nuestra sociedad. Los corruptos no conocen que cosa es la humildad, ni la misericordia, ni la mansedumbre, porque ellos no tienen esperanza ni amor. ¿Cómo actuar catequísticamente ante los corruptos?

San Pedro, escribiendo para nosotros, afirma que “es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal” (v. 17). El Apóstol no dice que sea bueno sufrir, sino que, cuando sufrimos por el bien, estamos en comunión con el Señor quien aceptó sufrir hasta dar la vida por nosotros. Cuando nosotros, en las situaciones pequeñas o grandes de la vida, aceptamos sufrir por el bien que comporta el hecho de ser discípulos misioneros de Jesucristo, estamos esparciendo a nuestro alrededor semillas de resurrección y haciendo florecer en la mitad del desierto de nuestro mundo, la vida de la Pascua.

El buenos días y el buenas tardes durante el tiempo de Pascua no es sólo un saludo de cortesía, sino el gran don que hemos recibido y que tenemos que compartir con los hermanos. Es el anuncio del amor de Dios, un amor que no termina, que no disminuye jamás y que constituye el verdadero fundamento de nuestra esperanza.

Queridos catequistas ESPAC, comprendemos ahora porque el Apóstol Pedro llama “dichosos”, a los que tienen que sufrir por la justicia (Cfr. v. 13). No es sólo por una razón moral o ascética, sino porque cada vez que tomamos parte a favor de los que sufren y de los marginados, de los que corresponden al mal haciendo el bien, perdonando y bendiciendo, otras tantas veces estamos diciendo: ¡Cristo ha resucitado!. Entonces resplandecemos como signos vivos de esperanza, como instrumentos de consolación y de paz según el corazón de Dios.

Actuemos, pues, con la dulzura, la mansedumbre, la amabilidad del corazón de Cristo Resucitado, haciendo el bien incluso a aquellos que no nos quieren o que nos hacen mal. Este es el sentido de mis ¡Buenos días pascual!