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Publicado por Activado Oct 19, 2015 en Blog, Destacado

DOCE DIMENSIONES DE LA CATEQUESIS

DOCE DIMENSIONES DE LA CATEQUESIS

La catequesis debe presentar la Revelación en sus dimensiones: histórico-bíblica, trinitaria, cristocéntrica, pascual, eclesial, litúrgica, ecuménica, cultural, pedagógica, significativa y escatológica.

  1. Dimensión histórico-bíblica de la catequesis (CIC 107 y 108)

La historia de la salvación es la columna vertebral de los contenidos de la catequesis. La catequesis no sólo recuerda las maravillas de Dios en el pasado, sino que, a la luz de la Revelación, interpreta la vida de los hombres, los signos de los tiempos y las realidades del mundo en las que se realiza el designio salvador de Dios. Por ello:

“La catequesis será tanto más rica y eficaz cuanto más el catequista se inspire en la historia de la salvación a fin de que los fieles reconozcan que también ellos están inscritos en la misma historia” (VD 74). El conocimiento de las figuras, de los hechos y de las expresiones de la Biblia ayuda a memorizar los pasajes bíblicos que enuncian los misterios de la fe.

La Catequesis, inspirada en la Tradición, en las Escrituras y en el Magisterio de la Iglesia hace que los catequizandos perciban la Revelación como algo vivo, porque Cristo está presente siempre donde dos o tres se reúnen en su nombre (cf. Mt 18,20). Ejemplo de ésto es el encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús Resucitado (cf. Lc 24,13-35). Este pasaje del evangelio es modelo perfecto del saber hacer del catequista que hace renacer la esperanza ante cualquier fracaso y que lleva a los catequizandos a convertirse en testigos convencidos y creíbles del Resucitado.

Guiada por Dios, la humanidad camina en una historia de salvación en la que Él se presenta como el esposo fiel a un pacto de amor con su esposa a la que, por medio de su Palabra, le manifiesta su proyecto amoroso de salvación.

El Concilio Vaticano II, en su Constitución Dei Verbum establece: “La predicación, la catequesis y toda forma de instrucción cristiana se nutren saludablemente y se vigorizan santamente con la Sagrada Escritura. Es necesario, por consiguiente, que… los catequistas que se dedican al ministerio de la Palabra, insistan en las escrituras con su asidua lectura y el estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte predicador vacío y superfluo de la Palabra de Dios, al no escucharla en su interior” (DV 24-25).

El Papa Benedicto XVI, en su Exhortación Verbum Domini, invita a todos los pastores y catequistas a resaltar el puesto central de la Palabra de Dios en la vida eclesial, y recomienda incrementar la “animación bíblica” en todas las vertientes y modalidades de la pastoral. Dice al respecto: “exhorto a los pastores y fieles a tener en cuenta esta animación para afrontar algunos problemas pastorales tales como la proliferación de sectas que difunden una lectura distorsionada e instrumental de la Sagrada Escritura. Allí donde no se forma a los fieles en un conocimiento de la Biblia según la fe de la Iglesia y en el marco de la Tradición viva, se deja un vacío pastoral en que realidades como las sectas, encuentran terreno abonado donde echar raíces. Es necesario, por tanto, que en todas las formas de la actividad pastoral se favorezca la difusión de pequeñas comunidades integradas por familias, movimientos eclesiales y nuevas comunidades, en las cuales se promueva la formación y el conocimiento de la Biblia de acuerdo con la fe de la Iglesia” (VD73).

El Papa Francisco, en Evangelii Gaudium 175, dice. “El estudio de las Sagradas Escrituras debe ser una puerta abierta a todos los creyente. Es fundamental que la Palabra revelada fecunde radicalmente la catequesis y todos los esfuerzos por transmitir la fe. La evangelización requiere la familiaridad con la Palabra de Dios y esto exige a las diócesis, parroquias y a todas las agrupaciones católicas, proponer un estudio serio y perseverante de la Biblia, así como promover su lectura orante personal y comunitaria. Nosotros no buscamos a tientas ni necesitamos esperar que Dios nos dirija la palabra, porque realmente «Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido sino que se ha mostrado». Acojamos el sublime tesoro de la Palabra revelada.

  1. Dimensión Trinitaria de la catequesis.

Siendo el Verbo Encarnado el origen, el centro y el fin de toda la historia de la salvación, todos los elementos bíblicos, evangélicos, litúrgicos, eclesiales y humanos de que disponga la enseñanza catequística deben referirse por igual al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En este sentido, la catequesis debe enseñar todo lo relativo:

  • al Padre, porque la razón de ser de la catequesis es dar a conocer y glorificar a Dios, hacer comprender mejor su designio amoroso de salvación y enseñar que Dios es el origen y el último sentido de la vida.
  • al Hijo, porque con Él y en Él, la Creación entera tributa al Padre todo honor y toda gloria.
  • al Espíritu Santo, porque el conocimiento del misterio de Cristo y nuestro caminar hacia el Padre se realizan en y por el Espíritu Santo.
  1. Dimensión Cristo-céntrica de la catequesis (CIC 41 y 98; VD 11).

La Revelación, tanto del Antiguo, como del Nuevo Testamento, sitúa a la persona de Jesucristo en el centro de la historia de la salvación; así lo debe hacer también el catequista y todos los que trabajan en la misión evangelizadora de la Iglesia. En esto son maestros:

  • San Pablo, quien comienza su carta a los efesios alabando a Dios por Jesucristo centro y cima de la historia de salvación, y escribe: Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad. Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra (Ef 1,3-14).
  • Los Sinópticos y San Juan sitúan a Cristo como la clave y el fin de la historia humana y de la salvación.
  • El autor de la carta a los Hebreos, quien presenta la pedagogía de Dios en la historia de la salvación (capítulos 11 y 12) situando a Cristo como el modelo del ser humano y como el centro y el Señor de la historia.
  • La Constitución Gaudium et Spes del Vaticano II cuando afirma: “Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo, a fin de que pueda responder a su máxima vocación, y que no ha sido dado a la humanidad otro nombre en el que pueda encontrar la salvación. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se hallan en su Señor y Maestro” (GS 10)
  • El Papa Benedicto XVI, en su carta Porta Fidei (11-10-2011), extiende la narración de la historia de la salvación que presenta la carta a los Hebreos (11,1-40), desde Cristo hasta el final de los tiempos (cf PF 13).

Basados en estos testimonios y en tantos otros, los catequistas debemos también decir con San Juan Pablo II: “Señor Jesucristo: Tú, el mismo ayer, hoy y por los siglos, tienes la gloria del Padre y estás lleno de gracia y de verdad; Tú existes desde siempre y vives para siempre. Por medio de Ti se hizo todo cuanto existe. Tú eres la vida verdadera y la luz de los hombres, la sabiduría eterna, la imagen perfecta de Dios Padre. Tú eres la cabeza y principio de la nueva humanidad, mediador y puente entre Dios y los hombres. Sólo en Tí podemos ser salvados y liberados. Tú nos das a conocer cuál es nuestro destino y vocación, cuál el camino que debemos seguir. Tú eres el hombre perfecto que devuelve a la descendencia de Adán su dignidad y su semejanza con Dios. Tú eres verdadero Dios y verdadero hombre, Señor del mundo y de la historia. En ti, Dios Padre pronuncia la Palabra definitiva. En ti se cumplen las aspiraciones de todas las religiones. A través de tu Persona, Dios nos habla y se comunica, sale al encuentro del hombre, para darse a conocer. Tú, por la acción de tu Espíritu Santo, guías a todos los hombres a la verdad plena. Tú nos enseñas cómo tratar a Dios y cómo responder a su llamada, cómo orar y hablar con Él, cómo agradarle y darle gloria. En ti nos sentimos amados por Dios hasta el extremo, reconciliados con Él, hechos sus hijos adoptivos y liberados para siempre del mal y de la muerte” (NMA 6).

  1. Dimensión pascual de la catequesis

           La muerte y la resurrección del Señor es el hecho central y más significativo del cristianismo: fue éste el contenido de la predicación de los Apóstoles, la convicción que dio origen a las primeras comunidades y el fundamento de la fe de los mártires. La muerte y la resurrección del Señor es acontecimiento que no ha dejado de expandirse por todas las naciones y culturas desde los primeros testigos de la Resurrección: las mujeres, los discípulos de Emaús y los Doce; las enseñanzas de San Pablo y el testimonio de quienes dieron su vida por confesar esta verdad. Todo el Nuevo Testamento y toda la vida de la Iglesia nace de la convicción de que Cristo pasó de la muerte a la vida y de que en Él está la Vida: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1Cor 15,14-18).

La Buena Noticia del Reino de Dios que anuncia la catequesis, es un mensaje de liberación pascual (cf. EN 30 a 35). Como Jesucristo, que “pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el maligno”, así la catequesis debe liberar a las personas de la dependencia dañosa de la ignorancia y del pecado, en un proceso pascual de muerte y vida:

  • Realizando su misión en el contexto socio-cultural donde la muerte se manifiesta en el subdesarrollo, en la pobreza, en los enfermos, los ignorantes, los marginados, los desplazados, los narcodependientes y en todos los necesitados de pasar de la muerte a la vida;
  • Dando razón de la esperanza iluminada por la fe en Cristo Resucitado, que señala caminos de liberación desde la realidad histórica de los catequizandos. El Papa Paulo VI llamo a Latinoamérica el Continente de la Esperanza pascual, y Benedicto XVI, en su encíclica “Salvos en la esperanza”, comentando la primera carta de san Pedro (1Pe 3-15) dice que dar razón de la esperanza no es solamente comunicar el saber acerca de Dios, sino a Dios con hechos que cambien la vida; que dar razón de la fe es mostrar la capacidad de alumbrar y de sostener la esperanza actuando a la manera de las primeras comunidades cristianas en las que, ante situaciones de extrema pobreza, la fe iluminaba la conducta de los primeros cristianos de suerte que, “los que creyentes permanecían unidos y tenían en común todas las cosas, vendían sus propiedades y sus bienes y repartían el producido según las necesidades de cada uno” (Hech 2, 44-45) .
  • Significando con palabras y demostrando con acciones, que la crisis actual de la fe es, ante todo, una crisis de esperanza, lo cual exige a los creyentes, preguntarse no sólo si esa fe es la verdadera, sino fomentar entre creyentes y no creyentes una esperanza verdadera que sostenga y proyecte la vida, más allá de las realidades dolorosas del presente.
  1. Dimensión eclesial de la catequesis.

Desde sus primeros años y a lo largo de veinte siglos, la Iglesia ha adoptado diversos modelos en su estructura visible para realizar el anhelo de Cristo de que sus discípulos seamos uno en el amor. Todos estos modelos están animados por una espiritualidad comunitaria (familias, pequeñas comunidades, parroquias, diócesis, monasterios, órdenes religiosas, comunidades de vida consagrada, pequeñas comunidades). Por eso, el Vaticano II declaró: Fue voluntad de Dios santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose a Sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo, y santificándolo para Sí(LG 9). La dimensión eclesial de la catequesis consiste en:

  • una manera de ser, de pensar y de actuar al estilo de Jesús que lleva a sus discípulos a asumir procesos de formación comunitaria;
  • una comunión procedente del amor de Dios, manifestado en Jesucristo quien no vino a ser servido sino a servir y entregar su vida por la salvación de todos;
  • una espiritualidad comunitaria apoyada en la fe, la esperanza y la caridad que suscite el espíritu de comunión fraterna y participación solidaria;
  • una santidad personal vivida dentro de la espiritualidad comunitaria de la familia, la pequeña comunidad, el grupo de catequistas, la pequeña comunidad, la parroquia, la diócesis;
  • un medio ambiente o ecosistema espiritual dentro del que germine la vida cristiana y en el que cada uno de sus miembros contribuya a fomentar la vida comunitaria;
  • un estilo de vida que tiene: como meta, la unidad; como medio, los dones del Espíritu Santo, los carismas y los ministerios; como exigencia, la participación; como tarea, el servicio mutuo; como expresión, la entrega por los demás a semejanza de Jesús que no vino a que lo sirvieran sino a servir y a dar su vida por todos.

La experiencia comunitaria de la Iglesia en sus orígenes fue el modelo adoptado por el Vaticano II para diseñar, no sólo la vida religiosa (Perfecta caridad 15,1), la vida de los misioneros (Ad gentes 25,1) y la vida de los sacerdotes (El Orden de los presbíteros 17,4 y 21,1), sino la vida de todo el Pueblo de Dios (Luz de las naciones 13,1; Dei Verbum 10,1). Para el Concilio, la comunidad cristiana es el ecosistema vital en donde germina, crece, hunde sus raíces, da flores y frutos la Vida surgida del sepulcro vacío de Jesucristo.

Esta espiritualidad llevó a la Iglesia durante el Concilio a responder a los desafíos culturales del mundo contemporáneo caracterizado por el individualismo, el egoísmo, el aislamiento y el anonimato tan opuestos al querer de Cristo. De aquí que, desde entonces la Iglesia no haya dejado de llamarnos a recomenzar el camino de las primeras comunidades, asumiendo actitudes que hagan propicio el advenimiento del Reino de la unidad y de la paz. Esta remodelación diseñada por el Concilio busca darle al edificio de la Iglesia una arquitectura moderna, sólida y fresca (cf 1Pe 2-5; 1 Cor 3,10) para lograr el ideal comunitario que nos presenta el libro de los Hechos (Hch 2,42-47), redescubriendo los rasgos más ardientes de su juventud y mostrando toda su fuerza conquistadora a los espíritus víctimas del individualismo, del consumismo, del placer, del tener y del poder.

El catequista, al presentar la Iglesia como sacramento universal de salvación y misterio de comunión y de misión, debe:

  • Saber que, aunque los discípulos de Jesucristo formemos una comunidad dispersa por todo el mundo y que, aunque la catequesis transmita la fe en lenguas diversas y a culturas diferentes, el Evangelio es el mismo que enseñó Jesucristo, el único que Él entregó a la Iglesia, porque el Evangelio es “uno” y la confesión de fe es “una”, como uno y único es el Bautismo y el Señor (cf. Ef 4,5).
  • Hacer resonar en el corazón de sus catequizandos la misma fe que la Iglesia ha profesado siempre: la que los apóstoles recibieron de Jesucristo, la que los mártires confesaron con su sangre, la que los santos vivieron de manera heroica.
  • Acompañar su enseñanza con la de los padres y doctores de la Iglesia, de los misioneros que la anuncian, de los teólogos que nos ayudan a comprenderla, de los pastores que la cultivan, y con el testimonio de los catequistas que entregan su vida en servicio del Evangelio;

La pedagogía catequística de carácter catecumenal con la que debe actuar hoy la catequesis es como el caminar del pueblo de Israel, desde la esclavitud en Egipto hasta la consolidación del Reino; como el caminar de los discípulos de Jesús desde su vocación junto al lago hasta la resurrección; desde Jerusalén hasta Emaús (cf DGC 159).

  • La pedagogía catequística de carácter catecumenal, originada en la que Dios empleó para educar a su pueblo en el AT, y en la de Cristo para hacer discípulos, es un itinerario continuado y gradual, una escuela de formación integral donde se cultivan: la vocación a la fe, el conocimiento de las verdades reveladas, la vida moral, el aprecio por la celebración litúrgica de los sacramentos, la oración, la vivencia comunitaria de la fe y el compartir la fe con la catequesis.
  1. Dimensión litúrgica de la catequesis (CIC 85; SC 7; VD 52 a 56).

En la Liturgia, la fe se hace caridad, la caridad se hace comunidad y la comunidad se hace esperanza del Reino que ha de venir.

  • Catequesis y Liturgia, ¿En qué se diferencian? La catequesis es iniciación, instrucción, enseñanza; la liturgia es celebración, acción, fiesta; la catequesis explica, ilumina e ilustra; la liturgia expresa y celebra la fe; la catequesis presenta el misterio de Cristo en la historia; la liturgia lo actualiza y lo hace memorial; la catequesis enseña el misterio, la liturgia lo celebra; la catequesis instruye con la Palabra, la liturgia realiza sacramentalmente lo que la Palabra enseña.

Aunque haya muchas otras diferencias, no olvidemos que la liturgia tiene siempre una dimensión catequética y que la catequesis tiene siempre una dimensión litúrgica.

  • Catequesis y Liturgia, ¿Cómo se integran? Catequesis y Liturgia se integran de tal manera que no es posible comprender la una sin la otra. A tiempo que la Liturgia de la Palabra ilumina y explica el misterio de Cristo, la Liturgia de la Eucaristía hace sacramentalmente carne y sangre la Palabra de Dios. Sin reconocer previamente la presencia del Señor en la Palabra, no es posible reconocerlo después en la Eucaristía. Por eso, “La Iglesia honra con una misma veneración, aunque no con el mismo culto, la Palabra de Dios y el Misterio Eucarístico, y quiere que siempre y en todas partes se imite este proceder. Movida por el ejemplo de Jesucristo, la Iglesia nunca ha dejado de celebrar el misterio pascual, reuniéndose para leer “lo que se refiere a Él en toda la Escritura” y “ejerciendo la salvación por medio del memorial del Señor y de los sacramentos” (VD 55).

Siendo que la Liturgia es el ámbito privilegiado en el que siempre Dios ha educado y santificado a su pueblo, todo acto litúrgico debe estar impregnado de la Sagrada Escritura, interpretada y explicada por la catequesis, porque: “de la Sagrada Escritura se toman las lecturas que se explican en la homilía y los salmos que canta la asamblea; de la Sagrada Escritura están impregnados los cantos, las preces y la oraciones; de la Sagrada Escritura procede el significado de las acciones y de los signos;. En la Liturgia, el Espíritu Santo actualiza y hace realidad lo que en la proclamación de la Palabra fue leído para la asamblea de los fieles; en la Liturgia, el amor del Padre consolida la unidad de la asamblea, fomenta la diversidad de los carismas y los proyecta ministerialmente sobre la comunidad; en el centro de la Liturgia está siempre el misterio pascual que es el centro de la historia de la salvación. Por consiguiente, es de vital importancia que la catequesis enseñe a vivir la Liturgia, a partir de la comprensión de la Palabra de Dios” (cf VD 52).

En las celebraciones litúrgicas de la Palabra, de la Eucaristía y de los demás sacramentos la Iglesia utiliza la misma metodología que utilizó Jesús cuando leyó e interpretó el pasaje del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,14-22). Allí, en su homilía, la más breve y eficaz que jamás se haya pronunciado, el Maestro partió del, aquí y ahora, de la vida de los que lo escuchaban para llevarlos a la comprensión de los valores del Reino de Dios, de su Persona y de su misión.

  • Catequesis y Liturgia cómo se complementan? Son realidades diferentes que se complementan mutuamente: la catequesis prepara a los que participan en la liturgia para celebrarla de manera consciente, activa y participativa; la liturgia, con su lenguaje total y su metodología activa y participativa, es el mejor espacio para una catequesis que enseña haciendo, y que educa celebrando. Cuando catequesis y liturgia no caminan juntas, ambas pierden su razón de ser; las dos, actuando conjuntamente, potencian la maduración de la fe.

Toda celebración litúrgica es en sí misma una catequesis: las moniciones, las lecturas, la homilía, el lenguaje de los signos y de los símbolos, los tiempos litúrgicos y la celebración misma, son siempre enseñanzas de la fe. La catequesis hoy, como lo hizo en sus comienzos, debe introducir a la vida litúrgica en los tres momentos fundamentales de la iniciación cristiana antes señalados:

  • Catequesis de iniciación: conocimiento básico de las verdades que celebra la liturgia;
  • Catequesis sacramental: sentido y acción eficaz de los signos sacramentales;
  • Catequesis mistagógica: experiencia significativa del misterio celebrado en la liturgia.

“Para que los hombres puedan llegar a la liturgia, es necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión” (SC 9). Por ésto, es necesario que los catequistas tengan conceptos claros y precisos acerca de lo que es la catequesis y de lo que es la liturgia.

  • En la Liturgia Jesucristo está presente: en la persona del ministro que preside la celebración; en la asamblea de fieles congregados para escuchar la Palabra y compartir el Pan; en la Palabra porque, cuando se lee en la Iglesia, es Él quien habla; en los sacramentos, porque cuando alguien bautiza es Cristo quien bautiza; en la oración, porque cuando la Iglesia ora y canta salmos Él está allí: Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos (SC 7).

Durante su vida en la tierra Jesús anunció con palabras y con sus obras su misterio pascual: murió, fue sepultado, resucitó y, después de haber dicho a sus Apóstoles “Hagan ésto siempre en memoria mía”, se sentó glorioso, para siempre, a la derecha del Padre. Gracias a este mandato de Jesús, la liturgia hace presente el misterio pascual actualizando todo lo que Cristo es, dijo, hizo y padeció por nosotros. Gracias a la Liturgia el misterio pascual de Cristo domina todos los tiempos y se mantiene presente en el tiempo (cf CIC 1085).

En la Liturgia Cristo está presente: celebrando su misterio pascual, expresando con la fuerza de su Espíritu la fe de los suyos, con hechos y palabras, situando al catequizando dentro de la historia de la salvación, explicándole el sentido de los signos sacramentales y actualizando los acontecimientos de la historia de la salvación en la vida de cada bautizado.

  • Liturgia y Catequesis en los tiempos litúrgicos. “Al celebrar la Liturgia siguiendo el ritmo del año litúrgico, la Iglesia utiliza la pedagogía de Dios en la historia de la salvación, la de Cristo en su misión evangelizadora y la de la Iglesia en su misión catequizadora. Es una metodología que, partiendo de la realidad iluminada por la Palabra, conduce a la comprensión de lo que anuncian los signos litúrgicos (VD 62). Ejemplo de esta metodología, dice Juan Pablo II, es la narración que hace san Lucas sobre el pasaje de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). “El día siguiente al sábado, Jesús salió al encuentro de aquellos discípulos, escuchó las manifestaciones de su esperanza decepcionada y, haciéndose su compañero de camino, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Junto con este caminante que se muestra tan familiar a sus sentimientos, los dos discípulos comenzaron a mirar de manera nueva las Escrituras. Los hechos dolorosos ocurridos en Jerusalén el viernes anterior ya no eran, para ellos, un fracaso sino el cumplimiento de lo anunciado y el comienzo de una nueva esperanza. Sin embargo, sólo cuando Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Durante el diálogo por el camino no habían logrado reconocerlo, pero la presencia de Jesús con la Palabra y luego, en el hecho de “partir el pan”, hizo que los discípulos comenzaran a vivir, con nuevo ardor lo que habían experimentado por el camino con la catequesis de Jesús: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32).
  1. Dimensión orgánica y jerarquizada de los contenidos de la catequesis (DGC 114 a 118).

El mensaje que transmite la catequesis debe ser la fe que de manera sintética presenta el Credo, en torno de los misterios: trinitario, cristológico, pascual, litúrgico y escatológico. De esta manera la catequesis es la luz que guía al catequizando por el camino de su vida. Al respecto, el Directorio General para la Catequesis (n. 115) presenta una síntesis orgánica y jerarquizada de las verdades de la fe tal como se han sido transmitidas en la historia de la salvación, así:

  • La preparación al Evangelio durante el Antiguo Testamento, la plenitud de la Revelación en Jesucristo y el tiempo de la Iglesia. Toda esta historia se inicia con la Creación y culmina con la Escatología.
  • Los sacramentos constituyen un todo orgánico en el que cada uno tiene su lugar propio en la vida cristiana. Dentro del conjunto de los sacramentos, la Eucaristía ocupa el puesto principal en torno del cual giran los demás.
  • El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el compendio de la Ley de Cristo: del Decálogo De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas (Mt 22,40) y de toda la ley moral, expresado en las bienaventuranzas; (Mt 5,1-11.
  • El Padre Nuestro expresa la confianza filial y los anhelos profundos de toda persona que quiere dirigirse a Dios, es una síntesis de la oración de todos los protagonistas de la historia de la salvación tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.
  1. Dimensión significativa de la catequesis (DGC 116- 117)
  • Durante su vida terrena, Jesús “trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre”. Jesucristo es el modelo perfecto del ser humano que Dios se propuso al crearlo a semejanza suya (cf Col 1,15). Por consiguiente, el catequista debe enseñar a pensar como Jesús pensaba, a obrar como Jesús obraba, a amar como Jesús amaba y a orar como Jesús oraba. De esta manera, el catequizando se va identificando con Cristo hasta llegar a ser uno de sus discípulos. Pero el catequista sabe que ésto no es cuestión de discursos y conferencias, sino de un proceso catequístico lento y persistente.
  • Además de salvarnos, Jesucristo nos mostró el camino para llegar a ser hombres y mujeres según el plan que Dios trazó para cada uno “desde antes de crear el mundo” (cf Ef 1,4). Por eso el Concilio Vaticano II afirma: ”el misterio del hombre se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (RH 8). Con su humanidad, Cristo manifiesta al hombre creado por Dios a su imagen, y nos descubre lo sublime de nuestra vocación (cf GS, 22); sólo Jesucristo puede decir de sí mismo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6) y el que lo sigue encuentra la mejor parte.
  1. Dimensión ecuménica de la catequesis (DGC 197 y 198; VD 46).

La catequesis no puede ser ajena al ecumenismo cuando todos los fieles están llamados a tomar parte en el movimiento hacia la unidad” (Catechesi Tradendae 32). La catequesis tiene una dimensión ecuménica cuando:

  • enseña las verdades de la fe y los medios de salvación respetando la manera de pensar de las personas que no están en perfecta comunión con la única Iglesia de Cristo, porque esos elementos se encuentran también fuera del recinto visible de la Iglesia católica;
  • forma discípulos de Cristo capaces de compartir sus experiencias con las de los hermanos de otras confesiones cristianas o con personas que tienen ideales diferentes;
  • enseña a los niños, a los jóvenes y a los adultos católicos a relacionarse con los no católicos, sin perder su identidad católica y respetando el modo de pensar de los otros;
  • promueve esfuerzos sinceros de comunión para lograr la unidad de los cristianos cuando el Señor lo quiera y por las vías que Él prefiera.

Desde que Jesús oró por sus discípulos para que fueran UNO como lo son Él con el Padre y el Espíritu Santo (Jn 17,21), la catequesis tiene siempre una dimensión ecuménica: la catequesis lleva al catequista y al catequizando, a reconocer y respetar la fe de quienes piensan de otra manera, a participar en los diálogos y en las iniciativas que buscan la unidad por la que Cristo oró al Padre.

Al respecto, el Directorio de Ecumenismo y el Papa Benedicto XVI, en su Exhortación Verbum Domini, nos indican la manera de establecer el diálogo con los “hermanos separados” (VD102-117-118-119-120). Ésto implica no sólo reconocer la libertad de profesar la fe en privado y en público, sino la libertad de seguir cada uno la propia fe.

  1. Dimensión cultural de la catequesis

No es posible hablar de inculturación de la catequesis, ni de evangelización de la cultura sin tener un concepto claro de lo que es “Cultura”. Al respecto:

  • El Concilio Vaticano II afirma que la cultura es el modo particular como un pueblo cultiva su relación con la naturaleza, entre sus miembros y con Dios; que la cultura busca la plena madurez humana, espiritual y moral del ser humano (GS 53,55 y 59).
  • El Papa Juan Pablo II afirmaba ante la UNESCO, en 1985: “La cultura no es algo exclusivo de los científicos ni del mundo de los museos: yo diría que la cultura es el hogar habitual del hombre, el rasgo que caracteriza todo su comportamiento y su forma de vivir, de cobijarse y de vestirse, la belleza que descubre, sus representaciones de la vida y de la muerte, del amor, de la familia y del compromiso, de la naturaleza, de su propia existencia, de la vida común, de los hombres y de Dios. Cultura es todo lo que es humano, aquello en lo cual se expresa el hombre o a través de lo cual quiere ser el sujeto de su existencia”.
  • El Documento de Puebla se refiere ampliamente a la cultura cuando y dice que todo hombre, desde su nacimiento está enriquecido y condicionado por la cultura; que la actitud del hombre ante la cultura no es sólo receptiva porque él mismo la crea y la transforma (DP 21). Por consiguiente, el catequista debe:
  • ver la cultura con el espíritu con que Jesús contemplaba la sociedad de su tiempo, interpretando la realidad, actuando a la luz del proyecto salvador de Dios y con los criterios pastorales propuestos por el Concilio Vaticano II y el Magisterio posterior de la Iglesia al respecto;
  • entender la inculturación de la catequesis como el enriquecimiento mutuo de los valores de la cultura con los valores del Evangelio, según el mandato de Jesús: “hagan discípulos míos de todos los pueblos”.
  • saber que la inculturación del Evangelio no se reduce a una adaptación externa para decorar el mensaje cristiano con un barniz superficial, con el propósito de hacerlo más atractivo, sino hacer que el Evangelio penetre hasta las raíces más profundas de la cultura para enriquecerla con los valores del Evangelio;
  • actuar con el criterio del autor de la “Carta a Diogneto” quien, en los primeros años del cristianismo, respondiendo a alguien que le preguntó por la doctrina y la vida de los cristianos, le decía: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En ningún lugar establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua alguna extraña, ni viven un género de vida singular. La doctrina que les es propia no ha sido hallada gracias a la inteligencia y especulación de hombres curiosos, ni hacen profesión, como algunos, de seguir una determinada opinión humana, sino que habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno le cupo en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario. Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña”.
  • seguir el ejemplo del catequista Orígenes y del teólogo San Agustín quienes enseñaron el Evangelio, exponiéndolo y haciéndolo inteligible con el lenguaje de sus culturas;
  • favorecer encuentros entre los catequistas y las diversas culturas, al estilo de San Pablo que se hizo todo para salvarlos a todos, y de San Pedro Claver que se hizo esclavo de los esclavos para salvar a los esclavos;
  • actuar con el espíritu de la Misión ad Gentes para que el Evangelio penetre en las culturas y las transforme de tal manera que el mensaje cristiano llegue a transformar la cultura y a expresarse con nuevos valores (cf VD 114);
  • mostrar que la catequesis busca “encarnar” el Evangelio en todas las culturas con la diversidad de sus lenguas, costumbres y tradiciones.
  1. Dimensión misionera de la catequesis

El cuarto evangelio, nos describe el proceso vivido por dos de los discípulos del Bautista: Juan y Andrés, después de haberle escuchado decir, señalando a Jesús: ¡Éste es el Cordero de Dios! De inmediato, los dos se interesaron por Jesús y comenzaron a seguirlo:

  • Queriendo ellos conocer de cerca al “Cordero de Dios” que tanto esperaban y que ahora les muestra el Bautista, (kerigma), lo siguieron curiosos.
  • Por el camino, Jesús se volvió y al ver que lo seguían, les preguntó: “¿Qué quieren?”. Ellos le respondieron: Maestro, díganos, “¿Dónde vive?”. Jesús les dijo: “Vengan conmigo y lo verán. Se fueron con Él y vieron donde vivía. Interesados por lo que estaban viendo y oyendo se quedaron con Él aquel día (catequesis).
  • Esa tarde, al término de su encuentro con Cristo, Juan y Andrés salieron alegres (misión). Andrés encuentra a su hermano Simón y le dice: “he encontrado al Mesías”, y lo llevó a donde Jesús estaba, diciéndole, venga y vea. Después de que Simón fue, vio y se convenció, dijo a su vez a otros: ¡vayan y vean” (Jn 1,35-42).

Este hecho nos permite pensar en quienes, después de encontrarse con Cristo optan por seguirlo, se interesan por conocerlo y experimentan la necesidad de compartir su experiencia con los demás. De aquí que la catequesis de la nueva evangelización debe caracterizarse por ser:

  • Una catequesis kerigmática que proclame a Jesucristo como el Salvador, el centro y Señor de la historia, la respuesta a los anhelos más profundos del ser humano, de manera que se produzca el efecto del que habla el Papa Juan Pablo II. “En la compleja realidad de la misión, el primer anuncio kerigmático tiene una función central e insustituible, porque introduce en el misterio del amor de Dios, quien lo llama a iniciar una comunicación personal con él, en Cristo, y abre la vía para la conversión” (RMi, 441).
  • Una catequesis iniciatoria y permanente que anuncie a Jesucristo y eduque la fe de los creyentes. Señalar a Jesucristo frente a los demás dando testimonio de nuestra experiencia cuando nos llamó a ser catequistas, es suscitar vocaciones y abrir caminos a la misión.
  • Una catequesis que forme discípulos. “Padre, no ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de la palabra de éstos, creerán en mi (Jn 17,20,21).
  • Una catequesis misionera que acompañe procesos de discipulado. La razón de SER de la catequesis es brindar a las personas el sentido cristiano de la vida y orientarlas por los caminos del Evangelio. Las aspiraciones humanas, interpretadas a la luz de las experiencias del Pueblo de Israel y de las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia, son el contenido de una catequesis misionera.
  1. Dimensión escatológica de la catequesis (CIC 1020 a 1050; VD 14)

No es posible conocer lo que “Dios tiene reservado para los que lo aman” (1 Cor. 2.9), pero la Sagrada Escritura nos brinda elementos que nos permiten vislumbrar desde ya, lo que sobrevendrá en los últimos tiempos. Sabemos que cada uno cosecha de lo que siembre: el que siembra en la carne, de la carne cosecha corrupción, el que siembra en el espíritu, del espíritu cosecha vida eterna (Ga 6,8). Al presentar la historia de la salvación, la catequesis debe insistir en una visión escatológica del mundo y del hombre, a la manera como lo hace la liturgia que, “desvelando el sentido de las Escrituras, hace que la vida más allá de la muerte se manifieste cuando estamos en comunión con los que escuchan la Palabra, celebran la Eucaristía y dan testimonio de la Caridad” (cf VD 123). Según esto, la catequesis debe enseñar las realidades últimas de la historia humana y de cada persona, de acuerdo con lo que el Credo afirma: Creo que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, creo en la resurrección de la carne, creo en la vida eterna (cf. CIC 988 a 1014; 1020 a 1050).

Quienes apoyamos nuestra fe en Jesucristo muerto, resucitado y glorificado, miramos las realidades últimas de nuestra existencia con los ojos fijos en Jesús muerto, resucitado y glorificado, esperando su segunda venida con la certeza de que Él vino a salvar y no a condenar. Para el creyente, las realidades escatológicas son el triunfo final del amor y de la verdad de Jesús glorificado.

Siempre la catequesis se ha ocupado de los temas que más preocupan a la humanidad y de los que nunca las personas han dejado de interrogarse: la muerte, el juicio particular y universal, la esperanza en “un cielo nuevo y en una tierra nueva”, las realidades más allá de la muerte, la posesión del Bien Supremo, o el Infierno como efecto del rechazo del amor de Dios. El Nuevo Testamento habla del encuentro final con Cristo en su segunda venida y asegura la existencia de la retribución inmediata, después de la muerte de cada uno, como consecuencia de su fe y de sus obras. Así lo leemos en la parábola del pobre Lázaro (Lc 16, 22), en las palabras de Cristo en la Cruz al ladrón arrepentido (Lc 23,43) y en otros lugares del Nuevo Testamento que hablan del último destino del ser humano, diferente para cada uno según sus obras (cf. Mt 16, 26; 2 Co 5, 8; Flp 1, 23; Hbr 9, 27; 12, 23).

  • El saber del catequista no le permite situar la escatología en un final inminente, incierto y terrífico al mundo como lo hacen ciertas personas con mente enferma o tradiciones carentes de fe. El saber del catequista lo lleva a presentar la culminación del Reino de Dios en la segunda venida de Cristo (Mc 1,15) a la manera como lo presenta la Liturgia al celebrar los ciclos litúrgicos de la Navidad y de la Redención. Por lo mismo, la catequesis, con su dimensión escatológica:
  • Enseña que el Reino está ya presente en Jesús, en sus enseñanzas y en las curaciones que Él hace (cf. Mt 11,4-5); en la elección de los Doce (cf. MC 3,13-19); en la garantía de su permanencia entre nosotros;
  • Enseña que el Reino del que Jesús habla es el Reino del Padre misericordioso, sensible a las necesidades y a los sufrimientos de los hombres (cf. Lc 15,3-32; Mt 20,1-16); el Reino del amor del Padre a quien Jesús llama con afecto filial, “Abba” (Mc 14,36);
  • Educa la esperanza de llegar a Aquel que en la Última Cena dijo: “cada vez que coman de este pan y beban de este cáliz, anuncian la muerte del Señor hasta que venga” (1Cor 11,26);
  • Enseña a orar para que el Reino de Dios venga.