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Publicado por Activado Sep 14, 2016 en Blog, Noticias

EL PARTIDO NUNCA ACABADO ENTRE LO ECLESIAL Y LO CULTURAL

EL PARTIDO NUNCA ACABADO ENTRE LO ECLESIAL Y LO CULTURAL

Cuando en futbol se habla de “Copa” sea local, regional o mundial, todos los colores invaden los campos y las mentes del mundo donde se prepara el evento y ánimos se enfocan hacia ese objetivo. Pasada la agitación del encuentro, todo queda en calma hasta cuando se prepara el siguiente. Cuando en catequesis se habla de “Nueva evangelización”, surgen iniciativas revestidas de llamativos colores metodológicos, se escriben libros y se hacen seminarios y congresos, pero después todo sigue igual.

Acostumbrados a considerar la evangelización como un proceso reservado exclusivamente a agentes especializados en la materia, olvidamos que, después de 60 años de insistencia, no hemos superado aún la eclesiología preconciliar que consideraba a la Iglesia como una casa de dos pisos en la que convivían: en el piso de abajo la Iglesia discente, es decir, la de los que escuchan, aprenden, obedecen y tributan; y en el piso de arriba la Iglesia docente, es decir, la de los que enseñan, gobiernan y recaudan. La idea de que la escalera entre el primero y el segundo piso está reservada para unos pocos, a pesar de que desde hace 50 años quedó transitable para todos gracias al Concilio Vaticano II, no faltan quienes, pretendiendo subir, leen con extrañeza el letrero “NO PASE”. Ahora el papa Francisco vigila para que nadie se atreva a romper el letrero; quiere que entandamos que uno de los mayores regalos que el Espíritu Santo hizo a la Iglesia en el Concilio fue el de la eclesiología de Pueblo de Dios según la cual, por el bautismo todos somos iguales, todos tenemos los mismos derechos en la Iglesia, todos fuimos redimidos con la misma sangre de Cristo, todos comemos el mismo pan y todos convivimos en un mismo piso y bajo el mismo techo. Tanto a los jerarcas, como a los consagrados y a los laicos, Cristo les dijo: vayan por todo el mundo, anuncien el Evangelio, enséñenlo y hagan discípulos míos. Quiere el Papa que entendamos, de un a vez por todas, que dentro de la misma unidad familiar hay diversidad de carismas y de ministerios para el servicio de toda la familia. No debe extrañarnos, entonces, a los del piso de abajo, que les cueste tanto a los del piso de arriba, aceptar el pensamiento del papa Francisco que lucha por acortar distancias, derribar muros y colocar puentes a fin de que todos habitemos como hermanos en la casa común.

Quienes nos dedicamos a la evangelización y a la catequesis tenemos que descubrir que el diálogo entre evangelizadores y evangelizandos; entre catequistas y catequizandos; entre quienes “enseñan” y quienes “aprenden”; entre los de arriba y los de abajo hay una interrelación mutua en lo eclesial como sacramento universal de salvación que somos. Para el papa Francisco, tan amante del futbol, evangelizar y catequizar es lo mismo que arbitrar un partido en el que tanto los de las graderías como los de la grama trabajan juntos para regalar a la Iglesia y al mundo las riquezas del Evangelio y las riquezas culturales de nuestros pueblos. La evangelización y la catequesis son un deporte en el que cada uno tiene la agilidad necesaria para hacer goles sin atropellar al otro. En el desafío entre la evangelización y la cultura existen dos elementos que se complementan armónica y rítmicamente: el de quienes se visten con la camiseta de su propia cultura, y el eclesial que modera el juego al ritmo de la metodología de Dios, de Cristo y de la Iglesia para anunciar la Palabra de Dios. Sabemos que, cuanto más destreza haya entre los jugadores de ambos bandos, más satisfacciones habrá para ellos y para quienes los observan. En el campo de la nueva evangelización se sitúan dos equipos: el cultural y el eclesial. Llegado el momento, en la mitad del campo el árbitro hace sonar el silbato para que se inicie el partido. El saque de la bola le corresponde a la cultura.

El cultural. Con la palabra “cultura” nos referimos al modo particular como en un pueblo, los hombres cultivan su relación con la naturaleza, entre sí mismos y con Dios (GS 53b) de modo que puedan llegar a “un nivel verdadera y plenamente humano” (GS 53a). Cultura es “el estilo de vida común” que caracteriza a los diversos pueblos y por ello se habla de “pluralidad de culturas” (GS 53c) (Cfr. EN 20).

Puesto que los destinatarios de la evangelización son las personas, la Iglesia habla hoy de evangelizar las culturas, es decir, las mentalidades, las actitudes colectivas, los modos de vida de las gentes en los diferentes pueblos y nos preguntamos: ¿Qué cosa es la evangelización de la cultura? La noción de cultura se ha venido ampliando aplicada no solamente a los individuos sino también a las comunidades humanas. La doble concepción, individual y colectiva de la cultura, se expresa hoy en afirmaciones tales como “la cultura del espíritu”, “la cultura de los jóvenes”, “la cultura de los pueblos”, “la nueva cultura”. De otra parte, bajo el impulso del Vaticano II, la Iglesia se ha comprometido en un nuevo diálogo con el mundo y sus culturas, percibidas como el espacio vital para el futuro religioso del ser humano.

La cultura es, pues, el campo propio de la evangelización; en él están ya sembradas las semillas del Verbo. Dentro de su cultura, las personas viven los valores humanos y muchos de los valores del Reino de Dios. No existen etnias, ni culturas, ni grupos humanos huérfanos de Dios; la acción del Espíritu Santo lo llena todo con su poder y siempre se anticipa a la acción de los humanos. Allí donde hay sentido de fraternidad, de identidad cultural, gestos de paz, de trabajo conjunto por el bien de todos, allí están las semillas del Reino de Dios en espera que el agua del Bautismo las haga germinar.

En su Exhortación el Gozo del Evangelio 71, el papa Francisco dice: Necesitamos reconocer la ciudad desde una mirada contemplativa, esto es, desde una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas. La presencia de Dios acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas. Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia. Esa presencia no debe ser fabricada sino descubierta”.

Desafortunadamente, en nuestra pastoral evangelizadora y catequística están todavía ausentes el carácter y las iniciativas apostólicas que distinguieron a Santa Laura Montoya para realizar obras como la que ella realizó, jugando entre lo cultural y lo eclesial.

El eclesial. El discípulo de Cristo que ha captado bien el mandato de Jesús: vaya y anuncie el evangelio, enséñelo y haga discípulos míos, convive con personas de otras culturas, aunque con estilos de vida diferentes. Fueron diferentes los contextos y los carismas de espiritualidad misionera que distinguieron a los primeros evangelizadores de nuestros pueblos: franciscanos, dominicos, jesuitas, agustinos y tantos otros europeos y criollos. Todos ellos compartieron la vida diaria de los nativos, desde la visión cristiana de su fe y de su misión para, al final, identificarse todos en la misma fe. El Papa Francisco dice al respecto: “Son tantos los cristianos que dan la vida por amor: ayudan a muchos a curarse o a morir en paz en precarios hospitales; acompañan a las personas esclavizadas por diversas adicciones en los lugares más pobres de la tierra; se desgastan en la educación de niños y jóvenes; cuidan ancianos abandonados; tratan de comunicar valores en ambientes hostiles, o se entregan de muchas otras maneras que muestran el inmenso amor a la humanidad que nos inspira Dios hecho hombre”. (EG 76).

El discípulo misionero de Jesucristo llama la atención por su forma de vida atractiva y coherente en su diario vivir, sin necesidad de discursos porque sus actitudes hablan de su persona y de sus convicciones.

El cultural. El estilo de vida del discípulo misionero de Jesucristo llama la atención de muchos, incomoda a otros y hasta provoca rechazos; pero abre caminos de diálogo sobre aspectos que son comunes a todos. El Papa Francisco insiste: Cada vez que uno vuelve a descubrirlo, se convence de que eso es lo que los demás necesitan, aunque no lo reconozcan: “Lo que ustedes adoran sin conocer es lo que les vengo a anunciar” (Hch 17,23). Con frecuencia los discípulos misioneros perdemos el entusiasmo, cuando olvidamos que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas; todos fuimos creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús, la búsqueda del bien y el amor fraterno. Cuando se logra expresar adecuadamente el contenido esencial del Evangelio, seguramente ese mensaje responderá a las búsquedas más hondas del corazón humano: “El misionero está convencido de que en las personas y en los pueblos existe ya, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte. El entusiasmo por anunciar a Cristo deriva de la convicción de responder a esta esperanza”. (EG 265)

El eclesial. Ante las posibles peguntas que se hacen las gentes que observan el estilo de vida del discípulo misionero de Jesucristo, el Papa responde de modo interpelador con el Kerigma: Cristo murió, Cristo resucitó y está glorificado como Rey a la diestra del Padre. Yo, discípulo de Cristo, “Soy así porque Él me convenció y cambió mi vida”.

Y agrega el Papa su formulación del kerigma: “Hemos redescubierto que también en la catequesis el primer anuncio o kerygma, debe ocupar el centro de la actividad evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial. El kerygma es trinitario. Es el fuego del Espíritu que se dona en forma de lenguas y nos hace creer en Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos revela y nos comunica la misericordia infinita del Padre. En la boca del catequista resuena siempre el primer anuncio: Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte. Cuando a este primer anuncio se le llama «primero», eso no significa que está al comienzo y que después se olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo superan. Es el primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre hay que escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis en todas sus etapas y momentos. Por ello, también el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su permanente necesidad de ser evangelizado.

El kerigma es un cuestionamiento que se lanza como semilla, sin un análisis minucioso de la calidad del terreno. Para el evangelizador lo importante es la valentía con la que debe cumplir el encargo del Resucitado: “Vaya y anuncie el Evangelio, enséñelo y haga discípulos míos”.

El cultural. Quienes, interesados por el kerigma y la catequesis se preguntan: ¿Qué hacer cuando el jugo entra en calor? Lo hacen porque sienten que lo bueno de su vida puede ser mejor y que lo defectuoso se puede cambiar. Cada persona es única, así como irrepetible es la historia que la llevó a escuchar el kerigma y a interesarse por “saber lo que hay que hacer”. En cada caso el efecto es diferente pero la finalidad es la misma: ser discípulo misionero de Jesucristo. Por eso el Papa Francisco dice: “Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios manifestado en Jesucristo. No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».

El eclesial. A quienes, interpelados por el kerigma, se interesan por saber lo que hay que hacer, se les invita a acoger a Jesucristo como el Salvador y a seguir sus pasos. Es el proceso llamado de la iniciación cristiana. La fe inicial de la Iglesia que se estructuró mediante el proceso catecumenal de los primeros siglos, nos permite comprobar la enorme riqueza de los elementos constitutivos del nuevo paradigma catequístico que hoy requiere la Iglesia. Esto exige que los catequistas:

  • Superen la equivocada práctica pastoral de celebrar los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía como hechos sociales, aislados, inconexos y sin un proceso de formación cristiana de carácter catecumenal.
  • Adopten procesos de iniciación a la fe cristiana dentro de un itinerario de formación, a partir de los siguientes criterios:
  1. una catequesis bíblica en todas las etapas;
  2. una catequesis doctrinal cuyo marco 
referencial es el Símbolo de la fe, y
  3. una catequesis sobre la oración cuyo marco 
referencial es el Padre Nuestro.

La catequesis de iniciación de carácter catecumenal, no puede reducirse a un curso ni a unos discursos; tiene que ser un proceso de educación
de la fe, de la esperanza y de la caridad, expresado y significado en los sacramentos, tal como lo recomendaba San Agustín el gran catequista de catecúmenos: “Todo lo
 que les expliquen, explíquenlo de tal manera que el oyente, 
al escuchar crea, creyendo espere, esperando ame”.

Sirva lo anterior para
situar a los catequistas ESPAC en contacto con estas fuentes, en cada uno de los momentos del proceso de su formación. En estas fuentes encontramos
 el eco de la fe de la Iglesia, en sus aspectos esenciales. Conociéndolas, el catequista estará capacitado para redescubrir lo que es el paradigma catequístico procedente del Concilio Vaticano II, concretado el Ritual para la Iniciación Cristiana de Adultos y el Directorio General para la Catequesis.