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Publicado por Activado Dic 3, 2016 en Blog

EL PESEBRE NAVIDEÑO

EL PESEBRE NAVIDEÑO

INICIACIÓN A LA OBRA DE LA CREACIÓN – INICIACIÓN A LA VIDA CRISTIANA

 

Concluidas felizmente las celebraciones de los Años de la Familia y de la Misericordia propuestos por el Papa Francisco, el Calendario Litúrgico nos sitúa ahora frente al Pesebre de Belén que como signo de la Nueva Creación, lo es también de la iniciación a la vida cristiana.

Navidad, en términos genéricos, es el hecho histórico de encontrarse un niño asomándose a la vida, frente a un hombre y a una mujer de quienes recibe fisiológicamente su existencia. Todos hemos vivido este momento que se repite a cada minuto desde cuando Dios dispuso hacer al hombre y a la mujer instrumentos suyos para transmitir la vida. Crezcan multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo y sobre los animales que se mueven por la tierra, son expresiones bíblicas que nos hablan del pesebre donde el Creador nos colocó para continuar su obra.

El cumplimiento de esta misión nos lleva a repetir con el salmista: “Al ver el cielo, obra de tus manos,  la luna y la estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y esplendor; le diste dominio sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies”. Con visión profética este salmo canta al Dios hecho hombre para que el hombre se hiciera Dios

¿Qué es el hombre? Fue esta la pregunta aún no plenamente respondida que se hizo la Iglesia al comienzo de sus deliberaciones durante el Concilio Vaticano II: “ ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?”.

¿Qué es el hombre? Es esta la pregunta que se hacen los aspirantes a ser catequistas cuando dan sus primeros pasos después de su encuentro con Cristo que los llama para encomendarles la misión de “anunciar el

Evangelio, enseñarlo y hacer discípulos suyos”.

Responder a estas preguntas fue lo que la Iglesia se propuso al término de lo que, en 1966 llamó el “Nuevo Pentecostés”, obra, del Espíritu Santo con la cooperación de la Madre de Jesús, pero obra también de la Iglesia y concretamente de los llamados a enseñar el Evangelio. El Concilio nos habla para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en la búsqueda de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época.

Después de haber recibido el mandato de Jesús, el catequista ESPAC sabe que es misión suya iniciar permanentemente la obra redentora y santificadora del ser humano. Tanto en la cuna de Belén como en el monte de la Ascensión, Jesús inaugura la historia del amor del Padre quien con la acción del Espíritu Santo y la cooperación de María y de José, continúa trazando el paradigma catequístico de la iniciación cristiana en la que todos estamos empeñados:

Debemos saber que “Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús. Miremos a los primeros discípulos quienes, inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salieron a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). Miremos a la samaritana quien, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús «por la palabra de la mujer» (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, «enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios» (Hch 9,20). ¿A qué debemos hacer nosotros?” (Papa Francisco EG 120).

Frente al Niño del Pesebre y frente a la teofanía de la Ascensión, en cumplimiento de su vocación y de su misión, el catequista sabe que:

Nadie nace aprendido; que todo ser humano necesita aprender a ser “persona”; que es tarea de los padres y del entorno familiar enseñar al hijo a comer, a caminar, a hablar, a vestirse y, gradualmente con la colaboración de otros, aprender los demás menesteres de la vida hasta adquirir la calidad de un ser racional, libre, autónomo, ilustrado, dueño de sí mismo y responsable de sus decisiones. Todo ésto es lo que en psicología y pedagogía conocemos como proceso de iniciación a la vida natural que conlleva estimulación temprana, desarrollo del pensamiento, asimilación de conocimientos, educación física, preparación para la vida e inserción en la propia cultura. Análogamente, esto es conocido en catequesis como iniciación en el conocimiento del proyecto salvador de Dios, obra que hicieron María y José en su hogar, junto con sus vecinos en el estrecho ambiente social de Nazaret.

Nadie nace cristiano; hay que aprender gradualmente a serlo hasta llegar a la madurez de la fe mediante un proceso que comienza cuando el niño despierta a la vida religiosa y las semillas del Verbo sembradas por Dios en su conciencia, comienzan a germinar y van creciendo en el conocimiento de Jesucristo hasta hacerse discípulo suyo. El crecimiento espiritual del cristiano es un proceso continuo que no tiene límite desde cuando Cristo dijo a sus discípulos: “Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48).

Procurar la iniciación en los valores de la vida natural y de la vida cristiana, son acciones educativas que exigen responder a las siguientes preguntas: ¿Qué es la iniciación a la vida?, ¿Qué es la iniciación cristiana? ¿Quién las hace?, ¿Cómo hacerlas?, ¿Donde hacerlas y ¿Hasta cuándo hacerlas?

Para aproximarnos a una respuesta, digamos sólo que el desarrollo del ser humano consiste en el paso de un estado de conciencia a otro. Es la expansión sucesiva de la facultad perceptiva que eleva la conciencia situada en el yo inferior hacia niveles superiores hasta llegar al nivel más alto de conciencia del ser humano. Dentro de este contexto, la iniciación implica una serie de pasos hacia nuevas etapas de la vida como parte del proceso normal del desarrollo evolutivo de toda persona. Implica la capacidad de ver, oír y comprender; de sintetizar y correlacionar el conocimiento, dando por resultado un progreso continuo a lo largo del camino de la vida. Este progreso conduce al iniciado a un estado que exige la ayuda de un maestro que le ayuda a obtener cada día un nuevo ritmo en la vida.

Iniciación a la vida cristiana. Los primeros sucesores de los Apóstoles, conocidos como “los Padres de la Iglesia”, solían decir: “el cristiano no nace sino se hace”, y por eso, tarea de ellos fue hacer cristianos a los convertidos del paganismo o del judaísmo mediante el anuncio de Jesucristo y la enseñanza del Evangelio, dentro del proceso pedagógico, espiritual y unitario de aprendizaje dentro de la comunidad cristiana de los contenidos de la fe, llamado “catecumenado”. Esta acción evangelizadora, que tiene su fundamento en la liturgia de los primeros siglos, es un don de Dios que nos permite reconocer la celebración de los misterios de la fe; que exige un cuidadoso proceso previo de preparación llamado “catequesis” y otro de asimilación llamado “mistagogia”. La gran preocupación del Concilio Vaticano II, expresada en su Constitución sobre la Liturgia y reglamentada en el Ritual para la Iniciación Cristiana de Adultos, advierte a los catequistas que antes de recibir los sacramentos debe haber una iniciación a la fe cristiana. Sin fe no tiene sentido celebrar los misterios de la fe. Por tanto la Iglesia procura que los cristianos no participen de los misterios de la fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolos bien, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada; sean instruidos previamente con la palabra de Dios, den gracias a Dios; aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él; se perfeccionen día a día para que, finalmente, Dios sea todo en todos (Cf SC 48). Por ello, el Vaticano II decretó: “Restáurese el catecumenado de adultos dividido en distintas etapas” (SC64). Esta determinación fue posteriormente adoptada en el Catecismo de la Iglesia Católica y consignada en el Directorio General para la Catequesis como la metodología más adecuada y eficaz de una catequesis de iniciación a la vida cristiana.

Carlos Sánchez Torres

Director de la Escuela Parroquial de Catequistas