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Antecedentes

El generalizado abandono de la educación de la fe católica en los hogares, lo mismo que la carencia de agentes especializados para la catequesis en parroquias y escuelas, llevó pronto a nuestro pueblo a perder el sentido de Dios y los valores religiosos, éticos y morales en que había sido educado desde la primera evangelización. Los pastores se hicieron la ilusión de que Colombia era un pueblo evangelizado y creyente, mientras la realidad era otra: no se daban cuenta de que el colombiano es un pueblo profundamente religioso pero insuficientemente evangelizado y moralmente enfermo.

La generalidad de las personas se confesaban católicas pero, por no haber sido acompañadas por una catequesis adecuada en el hogar, en la parroquia y la escuela, se quedaron con una fe infantil que no les permitió descubrir al Jesucristo del Evangelio, ni asumir sus compromisos en la Iglesia.

Perdida así la identidad católica de un inmenso porcentaje de la población, afloró entonces una religiosidad carente de valores evangélicos que hacía ver la fe de los colombianos como la actitud de quien se aglomera ante a un espectáculo callejero sin que le importe lo que allí sucede o como quien bebe agua sin tener sed.

Ser católico llegó a ser, en un inmerso porcentaje de bautizados, algo puramente cultural. La iglesia llegó a encontrarse en pacífica posesión de un pueblo sumiso a sus pastores, con una fe comúnmente llamada “de carbonero”, pero ignorante de su contenido básico.

De esta suerte, nuestro pueblo se encontró, a finales de la segunda mitad del s. XX, desprovisto de los recursos de una fe debidamente ilustrada para enfrentarse al fenómeno desconocido, hasta ese momento, de la proliferación de ideologías de todo tipo y de la invasión de sectas religiosas de origen norteamericano ávidas de explotar una religiosidad ingenua y milagrera.

Quizás, en el análisis de estos antecedentes debamos situar las causas de la posterior descomposición social de Colombia, la corrupción en todos los ámbitos de su sociedad y la violencia generalizada que la destruye desde hace más de cincuenta años. Sin que nos diéramos cuenta, desde el comienzo de la revolución, el 9 de abril de 1948, nuestra sociedad tuvo que enfrentarse a cambios socioculturales rápidos y profundos que determinaron una nueva cultura. Dentro de ese contexto a la Iglesia le sucedía lo que a la mamá que, con amor cuida a su niño arropado en sus brazos, sin darse cuenta de que el hijo va creciendo y pronto se le vuelve rebelde.