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Publicado por Activado Sep 12, 2016 en Blog, Destacado, Noticias

MANIFIESTO DE LAS CATACUMBAS

MANIFIESTO DE LAS CATACUMBAS

Transcurridos 50 años de la realización del concilio Vaticano II, todavía sus documentos no han sido asimilados por la mayoría del pueblo de Dios, razón por la cual nuestra Iglesia permanece atada a los vicios que la caracterizaron durante la cristiandad de la alta edad media y de la época del renacimiento. Las actitudes y enseñanzas del Papa Francisco, nos llevan a pensar en los sentimientos que llevaron a algunos obispos a redactar el manifiesto de las catacumbas que ha permanecido oculto durante medio siglo y que, en sintonía con el espíritu del actual Sumo Pontífice, consideramos necesario dar a conocer.

Hace ahora 50 años, el Concilio Vaticano II supuso un intento de renovación evangélica que quiso abrir puertas y ventanas al mundo. Aquellas propuestas no nacieron de un eventual motu proprio, sino de la colegialidad de la asamblea de los obispos y del asesoramiento de la teología más inspirada.

Al presentar su renuncia, Benedicto XVI ha llamado la atención sobre la necesidad de que, pueda sucederle alguien que sea capaz de afrontar el reto de las “rápidas transformaciones y las cuestiones de gran relieve para la vida de la fe que sacuden el mundo”. A la luz del Concilio, parece ser esta la mejor invitación que podía hacernos el Espíritu. Siguiendo a Cristo, la Iglesia está llamada a encarnarse constantemente en la historia de la humanidad, a vivir la pasión en su crucifixión solidaria con todos los hombres y mujeres que sufren el dolor, la injusticia y el olvido y a instaurar para ellos en el mundo la luz de la esperanza pascual.

Todos nosotros, pueblo y jerarquía, formamos parte de una Iglesia que se reconoce necesitada de conversión y en constante búsqueda de la senda original del Evangelio. Así lo sintió también en 1965, pocos días antes de la clausura del Concilio Vaticano II, un grupo de unos 40 padres conciliares. Reunidos para celebrar la Eucaristía en la catacumba de Santa Domitila, suscribieron el llamado “Pacto o manifiesto de las Catacumbas”, con el liderazgo del obispo brasileño Dom Hélder Câmara, en un intento valeroso de representar mejor la Iglesia de Jesús y de ser más fieles a la senda original del Evangelio. Muchos otros se unieron después.

El manifiesto es una invitación a los “hermanos en el episcopado” a llevar una “vida de pobreza” y a ser una Iglesia “servidora y pobre” como lo quería Juan XXIII. Los firmantes se comprometían a vivir en pobreza, a rechazar todos los símbolos o privilegios de poder y a colocar a los pobres en el centro de su ministerio pastoral.

Este es el contenido de aquel manifiesto:

“Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza, nos comprometemos a lo que sigue:

1. Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. [Mt 5, 3; 6, 33s; 8-20.]

2. Renunciamos para siempre a la riqueza, ya sea real o aparente, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos a favor de otros signos más evangélicos. [Mc 6, 9; Mt 10, 9s; Hch 3, 6.]

3. No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco a nombre propio. Si fuese necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas. [Mt 6, 19-21; Lc 12, 33s.]

4. En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. [Mt 10, 8; Hch 6, 1-7.]

5. Renunciaremos a que nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor), ya sea verbalmente o por escrito. [Mt 20, 25-28; 23, 6-11; Jn 13, 12-15.]

6. En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). [Lc 13, 12-14; 1 Cor 9, 14-19.]

7. Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. [Mt 6, 2-4; Lc 15, 9-13; 2 Cor 12, 4.]

8. Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón o medios al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente más desfavorecidos. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. [Lc 4, 18s; Mc 6, 4; Mt 11, 4s; Hch 18, 3s; 20, 33-35; 1 Cor 4, 12 y 9, 1-27.]

9. Procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia. [Mt 25, 31-46; Lc 13, 12-14 y 33s.]

10. Trabajaremos para que los responsables políticos pongan en marcha leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. [Cfr. Hch 2, 44s; 4, 32-35; 5, 4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5, 16.]

11. Dado que la función de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio a las personas en situación de miseria física, cultural o moral, nos comprometemos a:

  • Participar, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres;
  • Pedir de modo unánime a los organismos internacionales el fomento de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.

12. Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio.

De este modo:

  • Nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;
  • Buscaremos colaboradores para poder ser más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;
  • Procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores;
  • Nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. [Mc 8, 34s; Hch 6, 1-7; 1 Tim 3, 8-10.]

13. Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles al Evangelio de Jesús.

(Catacumba de Santa Domitila, Roma, 16 de noviembre de 1965)