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Espiritualidad en el proceso de formación de un catequista ESPAC



"Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí (en el Jordán) con dos de sus discípulos (Juan y Andrés). Fijándose en Jesús que pasaba, les dice: He ahí el Cordero de Dios. Los dos discípulos lo oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que lo seguían, les dice: ¿Qué buscáis? Ellos le respondieron: Maestro, ¿dónde vives? Les respondió: Venid y lo veréis. Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con Él aquel día. Andrés, el hermano de Simón Pedro era uno de los que habían seguido a Jesús. Este se encuentra con su hermano Simón y le dice: Hemos encontrado al Mesías (Jn 1, 35-41).

  1. El hilo conductor de la espiritualidad en la ESPAC, que define las cuatro etapas, es este texto de la vocación de los primeros discípulos en el evangelio de San Juan:
  2. Primera Etapa: "Jesús, al ver que lo seguían les dice ¿Qué buscáis?

    Segunda Etapa: "Ellos le dijeron: Maestro, ¿dónde vives? – ¡Venid y lo veréis!

    Tercera Etapa: "Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con Él aquel día"

    Cuarta Etapa: "Hemos encontrado al Mesías"

  3. La espiritualidad propia de un catequista ESPAC esta expresada en el lema y en el logotipo de la Escuela Parroquial de Catequistas, vividos a lo largo de todo el Proceso:

A Cristo, centro y Señor de la historia,
lo conocemos en las Sagradas Escrituras y
por ellas en Él creemos,
lo vivimos en la Eucaristía,
lo amamos y servimos en los hermanos,
y lo anunciamos en comunidad.

Explicación

CRISTO ES EL CENTRO Y SEÑOR DE LA HISTORIA

En su acontecer histórico y en su presencia más allá de la historia hasta la consumación de los tiempos, Cristo es la culminación de la Revelación. Él abarca toda la historia humana y lo hace presente a lo largo del tiempo y del espacio construyendo, como Salvador, la historia el Reino de Dios. La sombra de la Cruz gloriosa de Cristo triunfador de la muerte, es la irradiación de la Pascua del Señor que se proyecta salvíficamente en todos los momentos de la historia de la salvación.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.
(Ap 9,10-12)

Esta espiritualidad eminentemente cristocéntrica la entienden y la viven los catequistas ESPAC en los siguientes seis verbos:

 

CONOCER

"A Cristo lo conocemos en las Sagradas Escrituras"

Dios no nos da a conocer a Jesucristo de manera directa: quiere que Él se nos manifieste a través de la Iglesia. Para ello, creó para su Hijo un cuerpo que fuera la expresión de su condición de Hijo de Dios e Hijo del hombre. Mediante el cuerpo de Cristo, Dios nos dió a conocer su infinito amor de Padre: "Quien me ve a mí, ve al Padre". Ese cuerpo, nacido de la Virgen María, fue creado para Cristo y no tiene otra finalidad, otra razón de ser sino Cristo. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo que existe desde antes de que todo existiera: el misterio de la Iglesia estuvo escondido en Cristo desde la eternidad, porque la Iglesia es parte de Cristo. Es por el ministerio profético de la Iglesia como Cristo puede ser conocido tal como el Padre nos lo dio a conocer.

"El es imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación,
porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles,
los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades:
todo fue creado por él y para él.
Él existe con anterioridad a todo y todo tiene en él su consitencia.
Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia.
Él es el primogénito de entre los muertos, para que sea él, el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud y reconciliar por él y para él todas las cosas.
(Col 1, 15-20)

 

CREER

"Por las Escrituras, creemos en Cristo"

Aspirante a ser un discípulo de Cristo y un catequista integral, es todo aquel que guiado por las Sagradas Escrituras ha sabido unir Dios, Cristo y la vida; es aquel que ha entrado en comunión con el Padre y el Hijo en el amor del Espíritu Santo; es aquel cuya existencia en el mundo ha sido transformada porque ha llegado a ser una nueva criatura en Cristo, pasando de la muerte a la vida. La fe de un catequista no es solo la aceptación pasiva del Credo o de las normas de la Iglesia; es su compromiso en el combate difícil y encarnizado de todos los días por Dios y por la Verdad que Él le ha dado a conocer. Creer no es cómodo porque exige disponibilidad sin condiciones para una lucha concreta, constante y sacrificada en busca de la meta señalada para los hombres y las mujeres que ama el Señor. Creer en Cristo es comprometerse con su proyecto de salvación hasta la muerte. La fe del catequista es su respuesta libre a la vocación, a ser discípulo de Jesucristo y pregonero de su Evangelio.

"La vida eterna es que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero,
y a tu enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3).

 

VIVIR

"A Cristo lo vivimos en la Eucaristía"

La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que es el núcleo del misterio de la Iglesia. En la Eucaristía, la Iglesia experimenta con alegría cómo se realiza la promesa del Señor: He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20). La Iglesia se alegra de esta presencia ante la transformación del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de su Señor. Este divino sacramento marca los días de la Iglesia y hace que de domingo en domingo, el catequista y la comunidad vayan cnstruyendo, con confianza y esperanza, el Reino de Dios en la tierra como anticipo del Reino Eterno.

Yo soy el pan de la vida.
Yo soy el pan vivo que bajó del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le voy a dar es mi carne para la vida del mundo
(Jn 6,48-51)

 

AMAR

"A Cristo lo amamos en nuestros hermanos"

La caridad es la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación: los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos, los enfermos atendidos, los prisioneros visitados, los que no conocen a Dios, ser evangelizados; los que necesitan crecer en la fe, ser catequizados; los que se esfuerzan por vivir cada día más fielmente la Pascua del Señor, ser respetados como santos. Pero, quienes prestan una ayuda como estas, han de ser formados de manera que sepan hacer lo más apropiado. Quienes trabajan al servicio de la catequesis deben distinguirse por una atención que sale del corazón. Por eso necesitan una formación del corazón que los guíe hacia un encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu de modo que el amor al prójimo sea una consecuencia que se desprende de una fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5, 6).

"Este es mi mandamiento:
que os ameis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Lo que os mando es que os ameis unos a otros como yo os he amado"
(Jn 15, 12-17)

 

SERVIR

"A Cristo lo servimos en los hermanos"

Servicio, ministerio, diaconía son palabras que designan la misma realidad:

Ministerio viene de la palabra latina minister que significa "el más pequeño", el servidor. Minister es una palabra opuesta a magister, que significa "el más grande", el maestro. Jesús, el Maestro, vinculó estrechamente estas dos palabras cuando dijo a sus discípulos: "el que quiera ser el más grande entre ustedes, hágase el más pequeño de todos y el servidor de todos". Y hablando de Sí mismo, dijo: "Yo no vine para ser servido sino para servir", es decir, para ser "ministro", el más pequeño, el que sirve a la mesa. En la última Cena lo vemos lavando los pies de sus discípulos, oficio que desempeñaban los siervos. Al concluir esta acción les dijo: "si yo siendo el Señor y el Maestro les he lavado los pies, cuánto más deben hacerlo también ustedes". Cristo se "anonadó" y se hizo el siervo de Yahvéh hasta dar su vida por la salvación de todos.

El ministerio de la catequesis es un servicio, no un dominio; un carisma, no un privilegio; una preocupación, no una dignidad; un sacrificio, no un honor. De los ministerios básicos que aparecen en los libros del Nuevo Testamento se destacan dos: el servicio de "la palabra" y el servicio de "las mesas" o atención a los huérfanos, a las viudas y a los más necesitados (Hech 6, 1-3).

La palabra diaconía tiene su origen en la lengua griega y significa literalmente "servir a la mesa", ejercer un ministerio. La "diakonia" la ejercían los esclavos y los siervos. De esta clase de personas, Jesús toma la palabra diakonia y la adopta para expresar con ella el sentido de su misión, como el enviado de Dios para servir a la obra de la salvación. Por eso lo oímos decir: ¿Quién es mayor: el que está a la mesa, o el que sirve a la mesa? ¿Acaso no es quién está a la mesa? Pues, en medio de vosotros, yo estoy como quien sirve (Lucas 22.27). Porque el hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir (Marcos 10.45).

"Que los hombres nos tengan como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Lo que se exige de los
administradores es que sean fieles.
(1Cor 4, 1-21)

 

ANUNCIAR

"A Cristo lo nunciamos en comunidad"

La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser Sacramento universal de salvación se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres. El fin último de la misión no es otro que hacer participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de Amor. El Espíritu Santo es quien conduce la Iglesia por los caminos de la misión. La razón de ser de la catequesis es anunciar.

Dios, al hacernos a su imagen y semejanza, quiso que fuéramos comunidad. La comunidad cristiana tiene su origen en el Espíritu Santo que es el alma de la Iglesia. Dios no quiere salvarnos individualmente sino en comunidad y quiere que todos construyamos una familia en la que nos tratemos como hermanos. Dentro del plan salvador de Dios, la Iglesia es la realización del misterio trinitario.

La comunidad cristiana que debe estructurar todo catequista debe ser:

  1. Comunidad de fe. No podemos entender el ministerio de la catequesis sino a partir de una fe consciente y comprometida con el querer de Cristo de que todos seamos "UNO" como lo son el Padre, el Hijo y el Espiritu Santo.
  2. Comunidad de esperanza. Como discípulo de Jesucristo, el catquista proclama ante el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, !Ven Señor Jesús!. Lo anima la esperanza de que está en camino hacia la realización definitiva del Reino de Dios.
  3. Una comunidad de amor al estilo de la primera comunidad cristiana que se caracterizó porque en ella todos tenían un solo corazón y una sola alma. Quien evangeliza y hace catequesis, realiza el más auténtico servicio de caridad.
  4. Comunidad de culto. La fe, la esperanza y la caridad se expresan y se viven en la liturgia, en la celebración de la Palabra y en la Eucaristía.
  5. Una comunidad de servidores. Todo bautizado que ha llegado a la madurez de su fe debe emprender el camino de la ministerialidad, de la diaconía, del servicio a sus hermanos, al estilo de su Maestro Jesucristo manso y humilde de corazón.